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miércoles, 18 de septiembre de 2013

Una ideología de la liberación

La mayor novedad de la Iglesia en el siglo XX, fue sin lugar a dudas la verificación del Concilio Ecuménico Vaticano II, ideado por el Papa Pío XII, convocado e iniciado por el Beato Juan XXIII, y concluido por el Papa Paulo VI, partir del cual se habla mucho de los signos de los tiempos referidos a la teología católica.
Se afirma que una de las grandes intuiciones del Concilio Vaticano II fue la atención prestada a esos signos de los tiempos, es decir a los nuevos fenómenos culturales, sociales, políticos, y económicos, producido en la gran mutación de la era moderna. Nunca hasta entonces se había mostrado la Iglesia tan abierta y receptiva a esos “signos”, calificados otrora de enemigos de la fe.
El Vaticano II, habla de la necesidad de escrutar los signos de los tiempos, lo que quiere decir que no se trataba de rendirse ante ellos sin condiciones, o de aceptarlos sin crítica.
No fue una nueva primavera para la Iglesia, como lo había imaginado su promotor, pero fue una inesperada revolución en todos los sectores de la Iglesia, incluido el campo social (…) Una honda simpatía por la solución socialista e incluso marxista-leninista se imponía en el mundo, que todavía desconocía en su propia carne la cruel experiencia del socialismo real, y fascinaba a intelectuales y estudiantes, sin excluir a los seminarios y al clero más joven. Fidel Castro y Che Guevara eran sus ídolos. (…) Los movimientos que se consideraban y proclamaban «progresistas», fuertemente intelectualizados, apoyados en los medios de comunicación, agudizaron la conciencia revolucionaria («concienciación» era el vocablo entonces divulgado por Paulo Freire). El que no comulgaba con ellos era sumamente descalificado como reaccionario, burgués y conservador (América Latina, Mons. Boaventura Kloppenburg, OFM).

La Iglesia en América Latina
estuvo atenta a esta consigna conciliar de manera escrupulosa y escrutó los signos de los tiempos, tal como se daban en los países subdesarrollados del Continente. Y de entre todos ellos detectó uno, que la parecía a la vez el más significativo y el más escandaloso: los pobres, los marginados del sistema, los sin voz, los no hombres, que vivían en su mayoría en el tercer mundo y de este signo, mira al mundo, relee la historia, juzga a los culpables, interpreta la realidad, reformula el mensaje cristiano y pretende transformar la vida.
En la década de los 1970, un tiempo de agitación y perturbación, irrumpió la «teología de la liberación» (TL), bajo la influencia de la «nueva teología», «principalmente dentro de la corriente que toma la sociedad como objeto de su estudio, mostrando una tendencia hacia el sociologismo dando prioridad a la sociedad frente al hombre»(La «Teología de la liberación», P. Miguel Podarowski), en la que «la palabra redención suele ser sustituida por liberación, la cual a su vez es entendida, a la luz de la historia y de la lucha de clases, como proceso de liberación en marcha. Finalmente es también fundamental hacer hincapié sobre la praxis: la verdad no debe entenderse en el sentido metafísico, pues esto sería “idealismo”. La verdad se realiza en la historia y en la praxis. La acción es la verdad. Por consiguiente, las ideas que llevan a la acción son, en última instancia, intercambiables. Lo único decisivo es la praxis. La ortopraxis es la única ortodoxia» (Informe sobre la Fe, entrevista al Cardenal Ratzinger por Vittorio Messori).
Esa «relectura», de acuerdo al cardenal Ratzinger en el informe citado, nació de dos fuentes: «el marxismo y la hermenéutica protestante racionalista de Bultmann».
En 1971, el presbítero Gustavo Gutiérrez publica su obra «La teología de liberación», en la que «pretende, en primer lugar, introducir un nuevo concepto de la teología y, de conformidad con éste concepto, después trata el tema de la liberación del hombre del régimen capitalista, para finalizar su estudio con algunas consideraciones escatológicas muy confusas, en las cuales quiere identificar “el reino de Dios en la tierra” con la sociedad ideal del futuro, edificada por la revolución marxista». Posteriormente (1979) publicó «La fuerza histórica de los pobres», obra que en gran medida «es una repetición de su obra matriz», en una perspectiva ortodoxamente marxista:
No se lleva a cabo sino al interior de la lucha revolucionaria que cuestiona radicalmente el orden social existente y postula la necesidad de un poder popular para la construcción de una sociedad verdaderamente igualitaria y libre. Sociedad en la que se haya eliminado la propiedad privada de los medios de producción, la cual, al permitir que una minoría se apropie del fruto del trabajo de la mayoría, engendra la división de la sociedad en clases y la explotación de una clase por otra.
Es que en Gutiérrez como en Marx, la praxis es lucha de clases, por ende revolución. Según Gutiérrez, la «praxis», o lucha por un régimen social justo, es la esencia misma del cristianismo.
El comentario del cardenal Ratzinger respecto de aquellos que «ya no leen la Palabra de Dios con los ojos de la Iglesia, sino de acuerdo a la última moda “científica"» se coloca precisamente en la definición citada.
La teología es la ciencia de Dios. Luego de ninguna manera puede ser una exposición política. Es sincero Gustavo Gutiérrez que dedica todo el primer capítulo de su TL a justificar su propio concepto de «teología», a saber «la reflexión crítica sobre la praxis» (La evaporación de la teología, Juan Gutiérrez Gonzáles).
La Iglesia ha enseñado de tantas maneras la primacía cronológica pero sobre todo ontológica de la conversión personal respecto del cambio estructural, como la explanó Paulo VI:
la Iglesia considera ciertamente importante y urgente la edificación de estructuras más humanas, más justas, más respetuosa de los derechos de la persona, menos opresivas y menos avasalladoras, opero es consciente de que aún las mejores estructuras, los sistemas más idealizados se transforman pronto en inhumanos si las inclinaciones inhumanas del hombre no son saneadas, si no hay una conversión de corazón y de mente por parte de quienes viven en esas estructuras o las rigen (Evangelii nuntiandi, nº 36).
Reafirmada por Juan Pablo II:
El pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un acto de la persona, porque es un acto libre de la persona individual, y no precisamente de un grupo o una comunidad (…) No se puede ignorar esta verdad con el fin de descargar en realidades externas –las estructuras, los sistemas, los demás –el pecado de los individuos (Reconciliatio et paenitentia, nº 16).
En contraposición a la Doctrina social de la Iglesia, el planteamiento de dicha «teología de la liberación»  es el siguiente: Cristo vino al mundo para liberar al hombre; el cristianismo es el instrumento de esa liberación; el hombre es un esclavo del capitalismo, pues el capitalismo es un régimen de explotación opresor; la revolución marxista es la única fuerza capaz de liberar al hombre.
Es cierto que Gutiérrez pulió sus escritos de acuerdo a las indicaciones de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, eliminando las referencias a Carlos Marx, empero «no ha rechazado el concepto de lucha de clases ni la llamada ortopraxis», por lo que  «esta concepción totalizante impone su lógica y arrastra las ” teologías de la liberación ” a aceptar un conjunto de posiciones incompatibles con la visión cristiana del hombre».



No hay que generalizar y hay que distinguir.

Cuando se habla de “teología de la liberación” sin el cuidado de matizar ni de hacer las especificaciones necesarias que la materia comporta, naturalmente se piensa en las lamentables derivas que llevaron a algunos obispos, sacerdotes y laicos latinoamericanos a meterse en política, a coquetear con el marxismo, a optar por la violencia y la lucha de clases, y a fabricar una iglesia de los pobres y de los indígenas sin comunión con la jerarquía de la Iglesia católica.

Lamentablemente, los isamitas de Sucumbíos -que no hacen esas distinciones- siguen afirmando que la teología de la liberación es buena, en bloque y en exclusiva. Además, sustentan que habría llegado el momento de ser implementada… desde el Vaticano.

Antes tronaban sin piedad contra el Vaticano, sus nuncios y sus dictámenes. Ahora fuerzan las cosas y ponen en las intenciones de los jerarcas de la Iglesia sus propias malévolas intenciones y su espíritu revanchista.

Dicen eufóricos: “¡Está llegando nuestra hora!”.

Lo que importa no son los cálculos humanos sino que se acoja la hora de Dios…



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