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domingo, 15 de septiembre de 2013

Eppur si muove - ¿Apóstatas disimulados?

6.09.13
Negar la fe de Jesucristo recibida en el bautismo - Dicho de un religioso: Abandonar irregularmente la orden o instituto a que pertenece.- Dicho de un clérigo: Prescindir habitualmente de su condición de tal, por incumplimiento de las obligaciones propias de su estado.
Tales son tres de las acepciones que recoge el Diccionario de la Academia Española de la Lengua para el verbo “apostatar”. En general, podemos ver que supone, el hecho mismo de apostatar, el apartarse de la fe que se dice tener y hacer, en realidad, como si no se tuviese.
La apostasía es triste. Lo es porque, en primer lugar, se hace de menos a Dios que, a través de su Hijo Jesucristo, quiso que nos confirmáramos en una fe que supone, nada más y nada menos, que el establecimiento de una relación fluida no sólo con el Creador (así, dicho en general) sino con “nuestro” Creador, Quien nos dio la vida y, además, otra serie de gracias, dones y libertades. Pero, en segundo lugar, apostatar de la fe que se dice tener supone caminar, voluntariamente (a nadie se le puede obligar a hacerlo como vemos en los muchos mártires que han sido y son) por el mundo sin la compañía de Quien tanto nos ama. Y eso, se diga lo que se diga, sólo puede ser fuente de pérdida personal y, en fin, como diría Chesterton, seguir cualquier cosa que se nos ponga por delante o poner nuestro corazón en vasijas rotas y no firmemente constituidas por el Amor de Dios.

Apostatar es, por eso mismo, manifestación de no tener bien asentada, en el corazón, la creencia que, hasta entonces, nos sostenía y no haber asimilado lo que significa ser hijo de Dios (¡y lo somos! como dice san Juan en su Primera Epístola, 3,1).
Pero la apostasía es, también, ciega.
La ceguera que nos procura (seguro que se trata de una labor llevada a cabo por el Príncipe de este mundo o alguno de sus “sobrinos”, como diría C.S. Lewis) va encaminada a que no veamos lo que nos conviene que no es, precisamente, estar a bien con el mundo y con su mundanidad (¿olvidamos eso de que la polilla aquí todo lo corroe?, Jesucristo dixit) sino, muy al contrario, acumular para la vida soñada, la eterna.Nunca será suficiente decir, escribir y, si es preciso, gritar, que el más allá del más acá, las praderas del definitivo Reino de Dios, están preparadas para nosotros. Dios no anhela otra cosa que tener a sus hijos (todos, pero todos, lo somos) junto a sí, cerca de su corazón y cobijarlos bajo sus alas amorosas como hace la gallina con sus polluelos (cf. Mt 23, 37). Pero, para eso, ha de ser cada uno de ellos quien decida si, en verdad, quiere llegar a tal fin o prefiere salirse del camino recto que lleva al Señor para dar bandazos sin tino y sin sentido por la vida.
Pero está la apostasía…
Apostatar puede hacerse, en general, de dos formas: a las bravas o, simplemente, disimulando. Ambas son mortales, espiritualmente hablando, por necesidad aunque la segunda forma mate poco a poco, despacio, casi sin darse cuenta de lo que se avecina.
Cuando algún, hasta entonces o nunca, creyente, decide apartarse definitivamente de la fe católica, lo hace, seguramente, porque cree (confundido) que nada le dice y que lo mejor es creer en otra realidad espiritual o… en nada.
Seguramente tal actuación ha de se suponer un dolor grande para Dios que ve alejarse a uno de sus hijos porque no ha sido capaz de entenderle…
Sin embargo, en tal caso (decir no con claridad) supone no incurrir en algo que es más que grave. Lo dice el Apocalipsis cuando, en 3, 16 se recoge esto que es terrible y que debería servir para más de un espíritu flojo:
Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca.”
El apóstata por las bravas no es tibio. En eso sale ganando con relación al otro, del que, silenciosamente, se va apartando poco a poco de la fe en Jesucristo, de la doctrina de la Iglesia católica y de lo que supone, en fin, ser católico.
Entonces… se produce apostasía que no hace ruido, que es, por tanto, silenciosa y, a fin y al cabo, disimulada, de parte de quien, poco a poco mostrando una tibieza grande con su fe, va dejándola de lado. No se aparta de forma definitiva de la fe en Jesucristo ni de la Iglesia católica pero, a su modo, teniendo una fe muy sui generis, se va volcando hacia el mundo y mirando a Dios como si estuviera lejos, lejos, lejos y como si su relación con el Creador tuviera, poco a poco, menos importancia.
Socialmente se mantiene, en tales casos, una fe pública pero, en realidad (recordemos que Dios ve en nuestros corazones y de nada sirve esta forma de ser y de actuar) se lleva a rajatabla aquello del cumplimiento en su torcido sentido de cumplo y miento que es lo que pasa cuando se va ocupando el corazón (templo del Espíritu Santo, como bien dice San Pablo en 1 Cor 3, 16) con lo vacío y se va desalojando a Dios del mismo.
Y entonces se es, verdaderamente, tibio porque no se está a lo que conviene y se mantiene apariencia de fe mientras, en verdad, no se siente la misma ni se ve ocupada la existencia por ella.
¡Qué curioso que Dios vomite de su boca a quien diciéndose hijo suyo no lo es pero no lo haga con quien se aparta de su lado de forma voluntaria, efectiva y real! Será porque el Creador ama de verdad y no con medias tintas.
Medias tintas espirituales… ¡cuánto ensucian el alma!
Eleuterio Fernández Guzmán



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