Negar
la fe de Jesucristo recibida en el bautismo - Dicho de un religioso:
Abandonar irregularmente la orden o instituto a que pertenece.- Dicho
de un clérigo: Prescindir habitualmente de su condición de tal, por
incumplimiento de las obligaciones propias de su estado.
Tales
son tres de las acepciones que
recoge el Diccionario
de la Academia Española de la Lengua para
el verbo “apostatar”. En
general, podemos ver que supone, el hecho mismo de apostatar, el
apartarse de la fe que se dice tener y hacer, en realidad, como si no
se tuviese.
La
apostasía es triste.
Lo es porque, en primer lugar, se hace de menos a Dios que, a través
de su Hijo Jesucristo, quiso que nos confirmáramos en una fe que
supone, nada más y nada menos, que el establecimiento de una
relación fluida no sólo con el Creador (así, dicho en general)
sino con “nuestro” Creador,
Quien nos dio la vida y, además, otra serie de gracias, dones y
libertades. Pero, en segundo lugar, apostatar de la fe que se dice
tener supone caminar, voluntariamente (a nadie se le puede obligar a
hacerlo como vemos en los muchos mártires que han sido y son) por el
mundo sin la compañía de Quien tanto nos ama. Y eso, se diga lo que
se diga, sólo puede ser fuente de pérdida personal y, en fin, como
diría Chesterton,
seguir cualquier cosa que se nos ponga por delante o poner nuestro
corazón en vasijas rotas y no firmemente constituidas por el Amor de
Dios.