“La Navidad
nos ha llenado de luces por todas partes, las unas más sofisticadas que las
otras. Árboles, casas, vitrinas, supermercados, papanoeles… hasta el punto que
uno se pregunta qué es lo que queda de la primera Navidad. La sencillez, la
pobreza, el compartir, la solidaridad no caben en este sistema neoliberal
consumista y engañador”. Así comienza Pedro Pierre un artículo
pretendidamente navideño en El Telégrafo.
Esto es llorar con el ojo izquierdo e ignorar
que “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; habitaban tierras de
sombras, y una luz les brilló» (Is. 9,1). Navidad es luz, es esplendor. ¡Es el
inicio del Reino! Esa gran luz que brilló con el Divino Niño es mucho mayor que
la de los supermercados y papanoeles. Si el columnista Pedro Pierre no entendió
esto, pues puede abandonar su columna y dedicarse a otra cosa. Además, en Belén
brilló también la estrella misteriosa, brillaron los rostros de pastores y de
magos, brillaron, más que todo, los ojos enternecidos de María y de José.
Navidad y luz van juntas. Pero Pedro Pierre se indigna porque “la Navidad nos
ha llenado de luces por todas partes”. Esas luces deforman el sentido de la
Navidad, pero son aún un eco remoto que nos la recuerda. Al menos a los
católicos…