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lunes, 12 de octubre de 2015

Cátedras venenosas

Cierto abuelo cavernícola se dedica a escribir artículos tóxicos que algunos blogs disidentes de la Iglesia se apresuran a reproducir, inclusive uno llamado “Sucumbiosecuadorpaz” (?) elaborado no se sabe bien dónde (España? Cuba? Brasil?).

En el artículo que comentamos (los interesados lo podrán ver en este link: http://www.atrio.org/2015/10/hospitalidad-derecho-de-todos-y-deber-para-todos/ ) el título no deja de ser simpático. Efectivamente, la hospitalidad es un derecho y un deber.


Derecho y deber que, dicho sea de paso, no ejercen los isamitas en el oriente ecuatoriano, ya que no acogen lo que no sea de su campo o ideología: Obispos, administradores, visitadores, heraldistas, carismáticos, bien como los sucesivos sacerdotes que han ido pasando por aquí enviados por otras diócesis; son valientes y dedicados misioneros a los que llamaron despectivamente de “prestaditos” haciéndoles la guerra, directa o indirectamente. Es de una evidencia solar: la hospitalidad no es practicada por Isamis… a no ser hacia gente del tipo de Pedro Pierre o Raúl Reyes, afuerinos pero compinches.

En su escrito, Boff argumenta basándose en el célebre filósofo agnóstico prusiano de la ilustración llamado Kant. Un genio del pensamiento, por cierto, pero como buen alemán, demasiado enredado y confuso. ¡Cómo hubiera sido mejor citar al Evangelio o a tantos santos o pontífices de nuestra Iglesia! Pero un “teólogo” de la liberación prefiere beber aguas de otros pozos. Inclusive llega a citar en su artículo al Che Guevara  al que pone como ejemplo, ¡un guerrillero asesino que sus seguidores recrearon como un inofensivo idealista!

En el artículo en cuestión, el tema va derivando de la hospitalidad a la paz. Boff se demuestra no solo pacifista -en el sentido peyorativo del término, sino de una ingenuidad enfermiza. Escribe: “La buena voluntad es la última tabla de la salvación que nos queda”. Esta estupidez es inaceptable en alguien que se pretenda teólogo. ¿Por qué sería “la última”… descartando la fe, la oración y todo lo que los teólogos que creen en Dios nos enseñan?

Nadie puede proporcionar una clave de ruta global” dice, utilizando una terminología de iniciado en ciencias ocultas y excluyentes… “ni las dos santidades, el Papa Francisco y el Dalai Lama”. Llamar de Santidad al Dalai Lama no parece extraño a quien se autoproclama teólogo. Sobre todo, eso de declarar que el magisterio de Francisco no puede orientarnos es inaceptable.

Su conclusión es bárbaramente herética. Sí, herética: “En realidad, dependemos únicamente de nuestra buena voluntad”. Estamos, pues, fritos. Ahora entendemos mejor la “utopía” isamítica: Nadie puede orientarnos y dependemos de nosotros mismos. El Papa no es infalible (eso es un dogma del siglo antepasado…), nosotros en cambio sí, con nuestro buen corazón que se enternece hasta las lágrimas ante los refugiados.

La última y la única salida serían la buena voluntad ¿Y de dónde sacó eso? Así pensaron probablemente Adán y Eva antes de manchar el plan de Dios.
Modestamente, los católicos de Sucumbíos pensamos que la única salida y la salida en todo tiempo y lugar, es profesar la fe, la esperanza y el amor, reconociendo nuestra dependencia y contando con la gracia providencial de Dios. Sin ser teólogos sabemos esto que renegó el “teólogo” libertario kanteano y comunista (esas son sus referencias en este artículo).

Justo en el aniversario del día de la llegada de Colón a nuestro continente, cuando recibimos, entre otros beneficios, a los misioneros que difundieron el Evangelio en América, el teólogo cavernícola nos sirve esta idea petético-marxista: “La llaga social producida en quinientos años de abandono de las cosas del pueblo significa una sangría desatada”.

Señor Boff: nuestra gente prefiere la cruz de los misioneros, la espada de los conquistadores y el tesón de los colonos, a la metralleta del Che y a la barba –desgreñada o cuidada- de tantos ideólogos en boga. Entre nuestra Laurita Montoya y el Che Guevara, nos quedamos con la santa y desechamos al guerrillero. Nos encantan los mártires y nos horrorizan  los apóstatas.

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